ROSARIO

City tour por Rosario
Ubicada a 320 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, descubre su histórica hermosura en medio de la ajetreada vida urbana. Parques, monumentos y la centenaria arquitectura saben lucirse ante la mirada curiosa de los visitantes.

Salimos desde la Capital Federal hacia el interior del país. Nuestro objetivo no era alejarnos demasiado de la capital porteña. Nos habían enviado a recorrer el segundo ejido urbano más importante de la Argentina: Rosario.

Partimos con la premisa de que nos encontraríamos con un destino turístico incipiente, resultado de un país que lentamente, pero con paso firme, se está afianzando en esta materia. La ruta nacional nº 9 nos condujo hasta el destino. Durante el trayecto, me alegré al apreciar el notable auge por el que está pasando el campo. Cientos de hectáreas ya cosechadas dejaban entrever que escasos meses atrás había habido una fuerte actividad cerealera en la zona. Los silos repletos de materia prima parecían explotar, quizá debido a la puja de los intereses económicos, en la intensa búsqueda de un mejor precio en el mercado.

Casi sin darnos cuenta, atravesamos los trescientos veinte kilómetros que nos separaban de la ciudad. La ruta de excelente estado y muy buena señalización, hizo que en tres horas exactas entráramos en Rosario, cuna de nuestra insignia nacional: la bandera argentina.

Pórtico “rosarigasino”
Como en la mayoría de las grandes ciudades, la entrada a Rosario nos dejó mucho que desear. La contracara del país, una vez más se hacía presente. Antes de cruzar la avenida de Circunvalación con dirección al boulevard Oroño, la que nos conduciría hasta el corazón mismo de Rosario, transitamos frente a barrios de “emergencia”, producto de la indiferencia de una Argentina del pasado. Casas humildes, perros vagabundos y centenares de rostros melancólicos observaban nuestro paso hacia el centro rosarino.

Una vez que tomamos el boulevard Oroño, la imagen ciudadana cambió totalmente. Como si fuera una vuelta de página, fuimos abrazados por tupidas áreas verdes, plazas y parques que parecían mimetizarse con la centenaria arquitectura del lugar. Rápidamente nos dimos cuenta de que Rosario es una ciudad que invita a ser recorrida. Sus construcciones, palacios gubernamentales que mantienen intacto el estilo de principios del siglo XX y su bullicioso tráfico urbano le brindan ese particular sello de gran ciudad.

Dispuestos a descubrirla, a conocerla aceptándola como es, nos dirigimos hacia el hotel para dejar nuestro equipaje.
Nos alojamos en el Majestic, uno de los hoteles más característicos y emblemáticos de Rosario. Totalmente renovado y con una excelente ubicación en el centro de la ciudad, fue una buena propuesta para conocer los encantos de la zona. 

La costanera de Rosario, de día y de noche
En el corazón de los barrios Alberti y La Florida, chalets y jardines se recuestan sobre las barrancas que miran al anchuroso Paraná y su costa de arena clara. Allí, en el paseo ribereño norte, la ajetreada ciudad se saca la corbata y el saco, y se pasea en traje de baño por la playa.

“La Flora” y la rambla
Por una empinada calle rodeada de árboles descendemos hasta “La Flora”, como le gusta decir a los rosarinos. Allí, la playa está llena: familias reunidas alrededor de las sombrillas, campeonatos de voley, bares sobre la costa, deportes náuticos y bikinis que se llevan todas las miradas. Si no fuera por el río calmo y las islas de fondo, parecería que estamos en Pinamar o Mar del Plata.

Recorremos la rambla Catalunya, preferida por caminantes y ciclistas que disfrutan de la impresionante vista del río y de la feria artesanal que se emplaza allí los fines de semana. A la sombra de uno de los muchos bares del lugar, saboreamos un clásico “liso” de cerveza Santa Fe mientras en el horizonte los veleros parecen manchas blancas sobre el Paraná.

Un poco al norte de los balnearios, elevado sobre los barrancos que dan al río, el Paseo del Caminante es un sitio ideal para recorrer al atardecer. Desde allí, hay una vista magnífica del puente Rosario-Victoria y del centro de la ciudad. Pasamos por el embarcadero Costa Alta, que es un muelle en forma de “T” desde donde parten las lanchas hacia los balnearios de las islas.

La costanera de noche
Volvemos a la rambla cuando el sol ya se ocultó tras el horizonte. Íntegramente iluminado, el puente interprovincial se refleja en el agua. Con ese marco de fondo, los bares y discotecas comienzan su actividad nocturna.

A la noche la zona tiene mucho movimiento y es preferida por los jóvenes, que se quedan después de un día de playa o se van a cambiar y vuelven preparados para ir a bailar. Hay gran variedad de bares, pubs, restaurantes, discotecas, espectáculos culturales y música en vivo.

La mesa de los galanes
Para muchos fue el más grande historietista que supo dar la tinta y el papel. Amado por todo Rosario y venerado en todo el mundo, el Negro Fontanarrosa se mantiene vivo en cualquier café de la ciudad. El Cairo es uno de ellos. Roberto Fontanarrosa, conocido popularmente como “El Negro”, tuvo como musa inspiradora a lo largo de toda su vida a Rosario, sus cafés y, por sobre todo, los personajes que siempre los habitan. Hubo uno de estos cafés que le sirvió de lugar encuentro para hablar de política, mujeres y fútbol: el bar El Cairo. 

El Cairo y su mesa más famosa
Basta abrir la puerta de El Cairo para comenzar a entender los tiempos y el funcionamiento de la ciudad de Rosario. Ubicado en pleno centro de la ciudad, entre las calles Sarmiento y Santa Fe, este bar fue fiel testigo de todo el proceso creativo del Negro Fontanarrosa. 

Allí, cuentan algunos de sus amigos, el dibujante dio vida a personajes inolvidables de historieta como Inodoro Pereyra y su perro Mendieta o Boggie, el Aceitoso, entre tantos otros, a quienes se sumaron por supuesto sus inolvidables libros de cuentos.

“La mesa de los galanes” fue uno de estos cuentos y en él se percibe el culto a la amistad y al compañerismo que aún hoy, ya sin el Negro, se mantiene en el bar y en la misma mesa, frente a la caja registradora.

La mesa, famosa desde hace más de 30 años en todo Rosario, hoy es junto al Monumento a la Bandera una de las mayores reliquias que conserva la ciudad. De entre las decenas de fotografías se destacan algunas del Negro jugando al fútbol, en la mesa con sus amigos de siempre o junto a grandes famosos como Joan Manuel Serrat, alias el Nano.

La historia cuenta
El Cairo se inauguró en 1943 y sirvió de lugar de encuentro a distintas generaciones de artistas e intelectuales locales, nacionales e internacionales. El paso del tiempo lo encontró deteriorado en la esquina de Sarmiento y Santa Fe, y el bar cerró en el año 2002, luego de la crisis económica que azotó al país, hasta que un voraz incendio casi trunca la idea de reconstruirlo en el año 2004. Si bien la restauración duró un par de años, logró modernizar este pequeño rincón rosarino y adaptarlo a los tiempos modernos: wi-fi y pantalla gigante. Sin embargo, la esencia del café y el palpitar clásico rosarino entre Central y Newells siguen siendo los mismos.

Para muchos, el lugar hoy es una especie de club social, como antes existían en los barrios, donde uno va a encontrarse con sus amigos para hablar de política, de mujeres, de problemas y, por supuesto, de fútbol; pero hay quienes lo usan de oficina, algunas parejas se encuentran allí, los visitantes a veces se dejan llevar por la nostalgia. Así es El Cairo, un lugar que fue inmortalizado por el Negro Fontanarrosa que sigue vivo y dispuesto para quien cualquier día abre sus puertas para tomarse un café.

Newell’s All Boys y Rosario Central
En Argentina hay muchos “clásicos” (o derbies), como Boca-River, Independiente-Racing o Estudiantes-Gimnasia. A lo largo de la historia, estos duelos se fueron enriqueciendo con anécdotas y mitos que no hicieron más que encender la pasión futbolera. El clásico de Rosario no se escapa a la regla y cada vez que el balón inaugura un nuevo capítulo de esta rivalidad, la ciudad santafesina se detiene por completo.

Canallas versus leprosos
Cuenta la leyenda que el antagonismo data de una invitación a un “amistoso” entre los dos equipos organizado en favor de los enfermos de lepra de un hospital de Rosario. Parece ser que Central rechazó la invitación, ganando así el apodo de “canallas de la ciudad”. Para devolver la burla, los seguidores de Central lanzaron a sus rivales el contra-insulto de “leprosos”, ridiculizando su interés por jugar ese partido a favor del hospital.

Con el correr del tiempo, el apodo tomó gran importancia, al punto de transformarse en un símbolo para todos los hinchas. Ya sea que el clásico tenga lugar en El Coloso del Parque (el estadio de Newell’s) o en El Gigante de Arroyito (el estadio de Central), hoy la rivalidad entre “canallas” y “leprosos” llena las 40.000 plazas de cualquiera de las dos canchas.

Disputado en 1905, el primer partido arrojó un resultado de 1 a 0 favorable para Newell’s. La paridad del clásico es tan notoria que a lo largo del tiempo ambos clubes han conseguido la misma cantidad de títulos oficiales.

Zurdas y palomitas
Muchas anécdotas agregaron un toque de leyenda a los más de cien años de duelos. Se dice que el mismo Ernesto “Che” Guevara era fanático de la casaca “auriazul” de Central y los hinchas de la camiseta “rojinegra” de Newell’s tuvieron el honor de tener como jugador a Maradona durante cinco partidos en 1993.

Otro suceso memorable es la “palomita de Poy”, vuelo histórico con el que el jugador Aldo Pedro Poy cabeceó un centro que sellaría la victoria de Central por 1 a 0 en las semifinales de 1971. Esa palomita quedó grabada en el sentimiento de los hinchas, hasta el punto de que todos los 19 de diciembre se juntan a gritar de nuevo el gol que les despejó el camino del campeonato.

En bicicleta por la ciudad

Presentamos una original manera de conocer los encantos del lugar. En dos ruedas transitamos por los edificios, monumentos y barrios más emblemáticos. Amanecimos tarde, como corresponde después del largo viaje que emprendimos desde San Martín de los Andes. A pesar de ello, una intensa y blanquecina neblina parecía no querer despegar de la ciudad, permaneciendo inmóvil en medio de la ciudad de Rosario.

Luego de mucho remolonear, decidimos ponerle fin a la fiaca. Una ducha caliente y un café negro era lo que necesitábamos para tomar coraje y salir a conocer la fresca mañana de Rosario.

Como por arte de magia, la bruma que envolvía la ciudad comenzó a levantarse, y con ella, el brillo, los sonidos y los aromas característicos de la metrópoli comenzaron a lucirse ante nuestro paso. Para nuestra sorpresa, el frío no era tanto. De hecho, un haz de luz solar, que se colaba por entre las grisáceas nubes de invierno, aportaba cierto grado de calidez a la visita.

Luego de almorzar en el exclusivísimo Muelle 1, el restaurante que Marcelo Santana tiene en La Fluvial –plena costanera de Rosario– decidimos que un bicitour sería la mejor opción para conocer la ciudad, a la vez que haríamos algo de deporte.
Un operador turístico local fue el encargado de suministrarnos las bicicletas. Así conocimos a Gabriela, quien nos mostró los aspectos más importantes y turísticos del lugar.

Emprendimos la marcha. Como era de esperarse, lo primero que visitamos fue el Parque Nacional a la Bandera. “Aquí es posible encontrar parte del pasado urbano ya que, históricamente, puerto, ferrocarril y comercio tuvieron en este sitio un punto de confluencia.” –explicó Gabriela. Supimos que sobre la ribera atracaban barcos de vela, a vapor, de cabotaje y ultramar. Con el auge económico se construyó el primer muelle y la aduana. Silencioso y omnipotente, el Monumento a la Bandera Nacional, le brindaba todo un marco de esplendor y solemnidad a la zona.

Las bicicletas que utilizamos en el paseo son del tipo todo terreno, con cambios. Cada quince minutos, la guía nos aconsejaba hidratarnos. De esta manera, no agotaríamos nuestro organismo.

Por la avenida Belgrano, comenzamos a bordear la costanera. En el siglo XIX, esta zona no era más que una ensenada de playa arenosa y de toscas, donde los habitantes cargaban y descargaban productos de las embarcaciones que amarraban en el puerto. A principios del siglo XX, el intendente de la ciudad, Luis Lamas, propuso “embellecer la ciudad” y trazó una avenida sobre la huella existente. Transitamos esta hermosa avenida que se encuentra adornada interrumpidamente por palos borrachos, añiles, jacarandaes y ceibos.

El Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino

El Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino es uno de los más importantes del país. Hoy abre sus puertas para exponer una muestra sobre la sociedad de los artistas rosarinos. Ubicado en el límite del Parque Independencia, sobre la avenida Pellegrini, el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino es el centro museológico más importante del centro del país. Concebido en 1936 como uno de los edificios más modernos de su tiempo, posee dos plantas con un total de 35 salas de exposición.

En su interior atesora obras de todas las épocas, orígenes y escuelas. El patrimonio del museo consta de dos colecciones permanentes: arte europeo, desde el siglo XV al XX y arte argentino, desde los precursores hasta los contemporáneos. En la primera colección se destacan las tablas flamencas del siglo XVI atribuidas a Mabuse y a Gerard David, pinturas barrocas italianas y españolas, y además las series completas de Francisco de Goya, entre las obras más importantes.

En la segunda colección –la de arte argentino– posee importantes series de grabados firmadas por Carlos Pellegrini, Antonio Berni y Alfredo Guido. Además, numerosas esculturas de reconocidos artistas locales embellecen los rincones más recónditos del inmenso edificio. En la actualidad, el Museo de Bellas Artes expone una colección titulada “La Sociedad de los Artistas - Historias y debates de Rosario”, la cual estará frente al público hasta el 2 de abril de 2005.

Esta muestra se encarga de notar las visiones de los creadores rosarinos de principios del siglo XX hasta las vanguardias actuales. Busca proporcionar una visión estética y humana de las obras, evocando los debates sobre el arte que le sirvieron de sustento. El visitante que a esta muestra se arrime, se encontrará con un recorrido a través de las obras creadas por los artistas locales más reconocidos, que intentan reflexionar sobre los giros que ha tenido la cultura en esta sociedad cosmopolita.

Entre las salas más importantes de la exposición, vale la pena destacar las que hacen referencia a La metrópoli, Los viajes, Los retratos, Los desnudos, Vanguardias de los años ‘60, Arte contemporáneo y crítica social y las Visiones de Rosario en el siglo XXI. El espectador alcanza a obtener una visión completa desde los inicios de la ciudad, cuando era el centro de las actividades de la próspera “pampa gringa”, pasando por los géneros claves de debates, hasta los años de las fuertes convulsiones, en las que los artistas rosarinos tuvieron un cometido destacado.

Paseo del Siglo
Recorrimos uno de los sectores más destacados del centro de Rosario y, en un viaje imaginario, retrocedimos al tiempo en que la arquitectura del lugar tuvo su máximo apogeo. Apreciamos edificios históricos, públicos y privados, de notable estilo, que conservan las huellas de lo que fuera el epicentro de la actividad política, económica, religiosa y social de la metrópoli santafesina. Una nueva mañana nos encontró en Rosario. Para ese día teníamos planeado conocer el patrimonio arquitectónico de la ciudad. Una caminata guiada nos dejaría descubrir gran parte de la historia que hizo que esta metrópoli fuera famosa desde un punto de vista estético y cultural.

La cita era a las diez de la mañana. El punto de encuentro era la esquina que forma la calle Córdoba con el boulevard Oroño.
Luego del completísimo desayuno americano que degustamos en el hotel, comenzamos a transitar hacia el sitio indicado. Como era de esperarse en esta época del año –junio– Rosario se estaba vistiendo de fiesta para el Día de la Bandera. Las casas y edificios lucían los colores celeste y blanco desde sus ventanas y balcones. Los carteles de vía pública anunciaban el agitado programa que tendría la ciudad ese día.

Llegamos. Muy puntual, Gabriela Nant –de la agencia de turismo que habíamos contratado para realizar el paseo– nos estaba aguardando. Luego del saludo cordial y de conocer en primeros términos lo que estábamos a punto de realizar, comenzamos la marcha.

“Vamos…” –indicó Gabriela, mientras tomaba la calle Córdoba con dirección hacia el microcentro de la ciudad. “Este paseo fue creado por ordenanza municipal, con el objetivo de darle valor a un sector de Rosario que posee edificios paradigmáticos, construidos en las primeras décadas del siglo XIX” –agregó. Lo cierto es que el sector preserva el patrimonio cultural de la ciudad, a través de las fachadas de las construcciones de esa época. El paseo se encuentra perfectamente señalizado y los edificios de mayor envergadura poseen placas explicativas que permiten conocer el estilo, el año de construcción, el arquitecto que intervino en la obra y la familia a la que pertenece o perteneció desde 1800.

El primer edificio que llamó nuestra atención fue el antiguo Palacio de Justicia y Tribunales, hoy Facultad de Derecho. Gabriela nos comentó que tiene forma de “U”, rigurosamente simétrica, y que es un claro ejemplo de la tendencia ecléctica. Combina elementos de diversas tendencias, columnas pareadas, balaustres y esculturas alegóricas. Sobre los cuerpos de ingreso rematan alegorías de la Justicia realizadas por el escultor Domingo Fontana. Continuamos caminando, siempre por la calle Córdoba, y nos detuvimos frente a la Fundación Josefina Prats, donde funciona la Universidad Nacional de Rosario. Nos sorprendió saber que en el subsuelo posee una sala de esgrima, símbolo de prestigio en la época de su construcción. En la actualidad, suelen realizarse encuentros culturales.

Cruzamos hacia la plaza General San Martín y caminamos frente a la antigua Jefatura de Policía. De composición simétrica, es curioso saber que sus columnas son utilizadas como recursos visuales y no estructurales. Posee ingresos por las cuatro calles de la manzana, siendo el más importante el de Santa Fe, donde la colosal escultura de una cuadriga con caballos remata el edificio. Actualmente, en su interior funciona la delegación del gobierno provincial. Continuamos caminando. Otro edificio detuvo nuestra atención: la Sede del Arzobispado, que posee un estilo denominado neorrenacentista italiano. Su fachada presenta una importante puerta de ingreso de madera, flanqueada por ventanas con guardapolvos.

Más adelante, pasamos frente a la plaza Pringles. Este es uno de los pocos espacios verdes dentro del área céntrica de la ciudad. Su añeja arboleda aloja a numerosos oficinistas en sus horas de descanso. Los altos edificios de alrededor parecen transformarse en muros que encierran el lugar. Frente a la plaza Pringles, en el pasaje Álvarez al 1500, encontramos la Biblioteca Argentina, con su extenso jardín. El conjunto edificado abarca unos 3.500 metros cuadrados. En su interior posee salones de exposición, hemeroteca y oficinas de las Naciones Unidas.

Continuamos caminando por calle Córdoba. Comenzamos a transitar por el paseo peatonal, que se extiende desde la calle Paraguay hasta Laprida. Entre los edificios que se destacan, encontramos el Palacio Minetti, que posee un estilo art decó, pero con reminiscencias del estilo egipcio. Posee una importante puerta de doble hoja de bronce, decorada con figuras femeninas. Frente a él observamos el edificio Molinos Félix, que posee una fachada simétrica. Su basamento se destaca por estar revestido de granito negro, por su escalinata y puerta de bronce. Bellísima obra en el corazón de Rosario.

En Córdoba y Corrientes nos detuvimos para observar la esquina “de las tres cúpulas”. En ella encontramos tres imponentes edificios: el de la Bolsa de Comercio, el de la Inmobiliaria Compañía de Seguros Generales, y por último el inmueble del ex hotel Palace, que en la actualidad posee oficinas. El primero es el gran protagonista. Presenta un volumen cilíndrico interesante, con una gran escalinata. Su puerta se encuentra enmarcada por columnas corintias de doble altura. Posee esculturas alegóricas de la agricultura y la ganadería. El segundo del trío –el de la Inmobiliaria– cuenta con un sinnúmero de detalles constructivos inusuales para la época de su edificación, tales como la herrería curva en la esquina, el piso de parquet, los escudos y los modillones en los frentes. El tercero es el más austero de los tres, destacándose vanos, balcones y una baranda superior en la esquina. 

Caminamos una cuadra más y nos encontramos con la tienda Falabella, antigua tienda La Favorita. Esta esquina es el punto de encuentro por excelencia de los rosarinos. Lo más característico de esta construcción es su escalinata de estilo barroco y las esculturas de la ochava, que son alegóricas a la coquetería femenina.

En los tramos finales de nuestro recorrido pasamos frente al Jockey Club y a la edificación conocida como La Bola de Nieve.
El Jockey Club es la sede social de una de las instituciones más representativas de la burguesía rosarina del siglo XX. Del edificio se destaca la fachada con eje de simetría principal, donde un cuerpo de esquina articula los dos sectores laterales de imagen aparentemente idéntica. El escudo del Club indica la fecha de la construcción. Unos ciento cincuenta metros más adelante nos encontramos con La Bola de Nieve. “Fue la primera construcción privada de varios pisos en Rosario. El arquitecto francés que la diseñó le otorgó un carácter de modernidad, incorporando adelantos tecnológicos con lineamientos clásicos.”

Finalmente culminamos el Paseo del Siglo disfrutando de la bellísima Basílica Catedral Nuestra Señora del Rosario, ubicada frente a la plaza principal 25 de Mayo. Entramos en ella porque cautivó nuestra atención el inmenso vitraux de ingreso que simboliza la bendición de la Bandera Argentina, el 27 de febrero de 1812, por el padre Julián Navarro frente a las tropas del General Belgrano.

Luego de recorrer la Catedral y de visitar el camarín de la Virgen del Rosario, salimos del templo para despedirnos, ya que nuestro paseo había culminado. Nos deleitó transitar por las calles de Rosario y conocer gran parte de su historia, de su gente y de su vida por medio de sus edificios más importantes.

Un río desde adentro

En kayak por el alto delta del río Paraná nos dejamos seducir por el paisaje de las islas ubicadas frente a la ciudad. Conocimos un ecosistema con una biodiversidad única en el país, que casi no sufrió modificaciones por la acción del hombre. El Paraná, uno de los ríos más caudalosos y extensos del mundo, tiene la particularidad de correr encajonado entre las altas barrancas que lo circundan. Al norte de Rosario, aguas arriba, el río comienza a abrirse en un delta, alcanzando un ancho de hasta cincuenta kilómetros frente a la ciudad.

Esta característica del río hace que sobre sus márgenes se encuentren centenares de islas que permiten disfrutar de amplias playas de arena fina, brindando un escenario natural único para la contemplación o el descanso, a la vez que se puede practicar deportes náuticos por los canales que se forman. Bajo esta indiscutida premisa decidimos conocer el río desde “adentro” y por ello contratamos los servicios de un operador turístico especializado, que prometía mostrarnos en una tranquila y entretenida excursión en kayak, los encantos de las islas ubicadas frente a la ciudad.

Desde el centro de la ciudad nos trasladamos hasta Weir, el local comercial que posee Marcela Luciani, donde se construyen kayaks a pedido y se comercializan productos relacionados con la actividad. Como el contacto lo habíamos realizado por vía telefónica, ya nos estaban esperando. Luego de conocer a Marcela –quien sería nuestra guía durante la travesía– nos detuvimos unos instantes en el show room para observar los distintos modelos que allí se fabrican y los elementos que conforman el equipamiento básico que se necesita para salir a remar.

Fuimos provistos de ropa de neoprene, cubre copy, bolsas estancas, bolsas de compresión, chalecos salvavidas, más los remos y el kayak, por supuesto. Nos trasladamos hasta la guardería ubicada a dos cuadras de Weir, buscamos unos carros para trasladar de un modo más cómodo el equipamiento y fuimos derechito al río, más precisamente a la zona de Costa Norte. Como ya teníamos experiencia previa, una corta clínica de treinta minutos fue suficiente para recordar cómo subir al kayak, tomar los remos y realizar los movimientos básicos para avanzar, doblar o retroceder. En instantes estábamos listos para comenzar la travesía.

“Para realizar esta actividad lo fundamental es la conducta. Poseer un buen poder de reacción frente a algún peligro, más allá de que tomemos todos los recaudos para evitar cualquier posible accidente. Básicamente se enseña a no entrar en pánico frente a una dificultad, y así disfrutar al máximo de la experiencia” –comentó Marcela, mientras poníamos los kayaks en las marrones aguas del Paraná.

Delicias “rosarigasinas”
Les presentamos nuestras tres mesas elegidas en la ciudad. Regionales o ecuménicas, argentinísimas o europeas, todas son orgullosamente rosarinas.


Muelle 1

El restaurante de Marcelo Santana calificó, de entrada, para estar en la lista top. Una alba decoración sumamente agradable sorprende al visitante. Esculturas de Julio Pérez Sáenz, acompañadas con la magnífica iluminación de Piedra Buena –iluminador del cantante Fito Páez– brindan un ambiente despojado, muy claro, “para que la gente se luzca” –como sostuvo Santana, una vez que nos dio la bienvenida.

De carta pródiga en buenas ideas, no elude los cánones americanos ni mediterráneos. Cristian Denis –chef de Muelle 1– un devoto de las técnicas bien aplicadas, cocina riquísimo y perfecto. Sus platos se caracterizan por sustentarse en materias primas de calidad inobjetable.

Si su elección es conocer la gastronomía rosarina, anímese de entrada a unas mollejas acompañadas con una reducción de aceto balsámico, hongos frescos y un crocante de parmesano. Si su gusto lo lleva por los frutos de mar, no dude en solicitar un hojaldre relleno con pasta de camarones y langostinos o una mousse mixta de salmón rosado y lenguado, acompañada con un buqué de hojas verdes.