LUGARES, PARA CONOCER Y DISFRUTAR

 

Bariloche

Ubicada a 1.640 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, Bariloche cuenta con excelente nivel en todos sus servicios: alojamiento, gastronomía y distintos prestadores turísticos tienen todo preparado a la perfección para que el visitante la haga meta de sus vacaciones en cualquier época del año.

Durante el verano, la pesca con mosca de truchas y la recreación deportiva (en la que se destacan el trekking, el rafting y las caminatas por los bosques milenarios, además de los ascensos a la mayoría de las cumbres que rodean la ciudad) son algunas de las actividades que realizan los visitantes cuando se encuentran en Bariloche. La llegada del invierno anuncia el comienzo de la temporada de esquí y la práctica de deportes de nieve en el cercano Cerro Catedral, uno de los centros de esquí más importantes del país.

Los paseos en mountain bike, con remo y las cabalgatas con la posibilidad de acampar en frondosos bosques con ríos y lagos naturales logran que los alrededores de la ciudad sean ideales para divertirse junto a toda la familia. Por todo esto, San Carlos de Bariloche, visitada por jóvenes desde hace décadas en su viaje de egresados, tiene todo lo que buscan las distintas generaciones que se acercan a ella. 

La vida nocturna con sus famosas discotecas ha logrado que muchos visitantes amanezcan frente al lago mirando cómo el sol trepa la montaña y comienza a iluminar esta hermosa ciudad cordillerana a la que siempre se vuelve.

Cerro Catedral
Hablar de San Carlos de Bariloche es también hablar de su cerro Catedral, cuyo nombre se debe a que sus cumbres semejan las torres de un templo medieval. Su majestuosidad es conocida por los esquiadores de todo el mundo.

El cerro Catedral, a tan sólo 20 kilómetros de la ciudad de Bariloche, abre sus puertas con la llegada de las primeras nevadas a visitantes deseosos de experimentar la aventura que prometen el esquí y los deportes de invierno. A 1.030 metros de altura sobre el nivel del mar, el cerro Catedral parece querer unir la tierra con el cielo.

Pionero en Sudamérica, hoy es el centro de esquí más completo del país y sigue modernizando sus instalaciones para ofrecer al visitante la más avanzada infraestructura. Su unificación general ofrece un total de más de 600 hectáreas de superficie esquiable dividida en 53 pistas bien señalizadas y de diversas dificultades que llegan a los 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Con opciones para todas las modalidades de esquí, incluyendo el fuera de pista, aquellos que practican freestyle y snowboardcuentan con un área especialmente diseñada con bumps y rails para demostrar sus habilidades.

El cerro Catedral es desde hace años el escenario de las más importantes fiestas de la nieve y competencias internacionales. Entre ellas se destaca el lanzamiento de cada temporada con la bajada con antorchas, un espectáculo nocturno que cada vez gana más adeptos. La modernización de sus medios de elevación es constante y está pensada para aumentar la calidad y la capacidad total de elevación del cerro.

El Catedral también cuenta con un avanzado sistema de fabricación de nieve que da como resultado copos reales que cubren una superficie esquiable de alrededor de 10 hectáreas. Solo hay que acercarse hasta allí. El cerro Catedral, en la mítica San Carlos de Bariloche, tiene todo lo que necesitan el esquiador y su familia. La nieve está asegurada.

Parque Nacional Nahuel Huapi
El Parque Nacional Nahuel Huapi fue la primera área protegida del país, creada en el año 1934 a partir de la donación de 3 leguas cuadradas de tierras que realizara Francisco Pascasio Moreno en 1903.

Comprende 705.000 hectáreas que forman parte del entorno natural del sudoeste de la provincia de Neuquén y del noroeste de la provincia de Río Negro. Representa, con su riqueza ecológica y paisajística, toda la región andina del norte patagónico, preservando el bosque y la estepa de la Patagonia y los altos Andes.

Las cumbres del cerro Tronador (3.554 metros sobre el nivel del mar), Crespo y Cuyín Manzano demarcan el límite con Chile. Cerros como Santa Elena, Bastión, López y Catedral, cuyas alturas varían entre los 1.800 y 2.400 metros, marcan profundos valles y quebradas, donde se encuentran los conocidos pasos Puyehue, Pérez Rosales y el de los Vuriloches, muy utilizado por los indígenas. Hacia el este, en la zona preandina, se alzan los cerros Otto, Ventana y el cordón del Ñirihuau, que ofrecen espectaculares vistas panorámicas desde sus cimas.

La naturaleza altoandina crece sobre los 1.600 metros sobre el nivel del mar, con una vegetación rala de pequeñas hierbas adaptadas a la rigurosidad del clima. En esta región anida el cóndor y, durante el verano, se refugia el huemul. La nieve que se acumula en invierno permite mantener los últimos glaciares y una delicada red de arroyos, ríos, lagos y lagunas.

Desde la orilla
El paisaje que forman los lagos escondidos entre los bosques supera las mejores pinturas impresionistas. Un inobjetable primer lugar ocupa el lago Nahuel Huapi, con 560 kilómetros cuadrados y 454 metros de profundidad, el doble de extensión que la ciudad de Buenos Aires. En el centro emergen la isla Victoria, de 31 kilómetros cuadrados, y otras islas menores, como Fray Menéndez, Huemul y el islote Centinela. Lejos, le siguen lagos como el Traful, Gutiérrez, Mascardi y Guillelmo, además de las lagunas Negra, Schmoll, Touchek, Frías y Jacob que, junto a otros cauces, desaguan en el Atlántico o el Pacífico.

Cerca del límite con Chile, en el área de Puerto Blest, las lluvias alcanzan los 4.000 milímetros anuales, permitiendo el desarrollo de la selva valdiviana. Los cipreses de las guaitecas, los maniú macho y hembra, laurel, alerce y el fuinque son algunas de sus especies nativas. En la densa vegetación difícilmente se dejan ver el pudú, el gato huiña y el monito del monte, pero sí se pueden observar anfibios y aves como el carpintero negro, el chucao, el rayadito y la cotorra austral. En algunas islas del Nahuel Huapi vive el cormorán imperial, curioso hábitat para un ave preferentemente marina. Una especie típica de esta área protegida es el huillín, una nutria nativa que puebla las costas de los lagos, lagunas, ríos y arroyos. El tuco-tuco colonial es un roedor que también vive en este ambiente, construyendo madrigueras subterráneas. Son comunes las gaviotas cocineras que siguen a las embarcaciones.

Al alejarse de los lagos, hacia el este de los bosques andino-patagónicos, se extiende un área de transición con la estepa patagónica que se distingue por un bosque abierto de cipreses, radales, ñires y maitenes. Presenta una mayor variedad de fauna porque conviven ejemplares propios del bosque con los característicos de los pastizales esteparios. El ciprés cubre las laderas rocosas de Valle Encantado, uno de los rincones más exquisitos del parque. En la misma orientación, empiezan a disminuir las precipitaciones, marcando una zona de cañadones y mesetas semiáridas. En plena estepa patagónica, los pastos de tonos amarillos y anaranjados albergan a zorros, pumas y guanacos, junto a aves rapaces como el gavilán ceniciento y el halconcito colorado, entre otros ejemplares característicos.

Los secretos de la "Isla del Tigre"
Los mapuches dieron a la cuenca más importante el nombre Nahuel Huapi, que significa "isla del tigre" y que hace referencia a la isla Victoria, la más grande del lago. Se presume que este nombre alude al tótem de una familia puelche que pobló la zona o quizás a la comparación de aquellos indígenas con los tigres por su audacia y valentía. Más allá de las leyendas e historias que inspiró el Nahuel Huapi, lo cierto es que a su alrededor se asentaron diferentes grupos étnicos: los tehuelches (cazadores y recolectores), los puelches (adaptados a la vida lacustre) y los araucanos (de actividad agrícola). Estas poblaciones indígenas superaron las expediciones esclavistas que provenían de la región de Chile, las misiones jesuíticas y los distintos exploradores, hasta quedar finalmente desarticuladas por la Conquista del Desierto, en 1883.
Casi inaccesibles, hoy en día el Parque Nacional Nahuel Huapi preserva rincones con numerosos sitios arqueológicos que tienen más de 10.000 años, donde se encuentran petroglifos y pinturas rupestres.

Los colonizadores y pioneros europeos introdujeron especies exóticas como el ciervo colorado, el ciervo dama, el jabalí y la liebre, con el fin de embellecer lo que consideraban una empobrecida fauna de estos ambientes. En los bosques que no estaban adaptados causaron un gran impacto, al igual que en las especies nativas. Del mismo modo, la introducción de la trucha para la pesca hizo retroceder al puyen y al pejerrey patagónico. Por estas razones, se permite la caza y la pesca reglamentada y autorizada en distintas temporadas por la intendencia del Parque Nacional. Asimismo fueron introducidas la rosa mosqueta, el lupino, la retama y la margarita que, entre otras plantas, se aclimataron perfectamente. Y gracias a la falta de controles naturales, comenzaron a dispersarse ya sin ayuda del hombre.
La extracción maderera ilegal y los incendios forestales amenazan la conservación de esta área protegida. La lenta recuperación de las especies arbóreas facilita que las lluvias y el viento laven el suelo causando erosión.

Recorridos:
Las excursiones lacustres tradicionales del Parque son los paseos a la Isla Victoria, al Parque Nacional Arrayanes, a Puerto Blest y al Lago Mascardi. Este servicio se puede contratar en las agencias de turismo locales.
Son más de 500 km de camino los que surcan el Parque Nacional y que se pueden recorrer en auto para disfrutar y conocer sus atractivos. En la zona norte se destaca el circuito que conduce a la confluencia de los ríos Limay y Traful y llega al Valle Encantado con sus espectaculares formaciones geológicas. Otra propuesta es tomar el camino de los lagos y transitar también por sectores del Parque Nacional Lanín.
-Travesía que une el refugio Frey y el refugio General San Martín: lleva 8 horas y pasa por el filo del Catedral, el valle del Rucaco y el filo del cerro Brecha Negra. Dificultad: media.
-Desde el refugio General San Martín, por el río Casalata, hasta la zona del hotel Tronador: bajada de 8 horas que pasa por el paso Schweitzer. Dificultad: media.
-Recorrido que une la zona del refugio Segre y el refugio López con la laguna La Carne: dura dos días y medio y se llega hasta Pampa Linda, en la zona del monte Tronador. Dificultad: media.
-Desde la zona del hotel Tronador hasta la laguna Cretón: empalma con el circuito anterior y pasa por laguna Azul. Hasta este punto, la dificultad es baja y lleva 3 horas. En el último tramo a laguna Cretón, la dificultad es media y se suman 3 horas más.
-Travesía que une los refugios General San Martín y Segre. Es un recorrido que lleva 12 horas y se necesita guía de montaña. Dificultad: muy alta.
-Excursión al fondo del valle del Castaño Overo: tres horas de paseo. Dificultad: baja.
-Travesía que une el sector de Pampa Linda con lago Frías: son dos días de recorrido y pasa por Paso de las nubes. Dificultad: baja.
Las dependencias de Parques Nacionales ofrecen información sobre los distintos circuitos.


Excursión al cerro Tronador

Lo invitamos a un recorrido entre vegetación y lagos espectaculares conociendo glaciares y ventisqueros del cerro Tronador, nacidos hace miles de años. Bariloche se despierta bonita como todos los días y encaramos nuestro viaje sobre cuatro ruedas hacia un paseo emblemático: el cerro Tronador y sus glaciares milenarios.

Iiniciamos el camino sobre asfalto a lo largo de 36 kilómetros con rumbo al suroeste y nos internamos luego en un camino de montaña, de ripio, haciendo varias paradas para contemplar la naturaleza.

Lagos y ríos cambian de color a medida que avanzamos hacia la cordillera. Nos asombran el lago Gutiérrez, el cerro Catedral y las villas residenciales que los rodean. Una gran diversidad de ambientes naturales: la seca vegetación arbustiva de la estepa y la selva húmeda valdiviana. Según cuenta Ayelén, esto se debe a las precipitaciones mayores que caen en el oeste.

A 800 metros sobre el nivel del mar
Avanzamos acompañando el contorno del lago Mascardi durante un largo rato y despedimos sus aguas color turquesa hasta el regreso. Así es como ingresamos en las tierras del Parque Nacional Nahuel Huapi.

La imponente figura del perito Francisco Pascasio Moreno aparece inmediatamente en las palabras de Ayelén. Visionario, explorador, científico, estadista, filántropo y educador, trabajó en la diagramación de los límites con el país vecino a fines de los años 1800 y recibió el reconocimiento del gobierno argentino de la época. La reglamentación por él iniciada llega sólida a nuestros días y merece nuestro respeto por enseñarnos a cuidar el medio ambiente.

Somos partícipes de cada historia que los confines de estos ríos, lagos y bosques tienen para contar.

Sin señal en nuestros celulares

Dejamos atrás el río Manso, Pampa Linda y la subida de los Vuriloches notando que el camino se angosta y sólo permite el paso de un vehículo por vez. Hay horarios fijados para transitar hacia y desde los ventisqueros del cerro. Es el momento de contemplar el cerro Tronador en su inmensidad por primera vez y conocer varias de sus caras. El más alto de sus tres picos tiene 3.554 metros sobre el nivel del mar.

“Yo me esmero en llevar el vehículo lo más sereno posible para evitar alguno de esos desniveles que tiene la última parte del trayecto. Ayelén y yo somos fotógrafos circunstanciales a pedido de los turistas”, recupera la voz Omar mientras la ansiedad generalizada por llegar comienza a ganar la partida. A esta altura, luego de varias horas de recorrer juntos esta inmensidad, los pasajeros resultan casi amigos y mantenemos entre todos charlas circunstanciales pero sabrosas. Llegando a los ventisqueros negros, Ayelén explica cómo se formaron las placas de la cordillera de los Andes, los volcanes y las glaciaciones. Ya estamos a 1.100 metros sobre el nivel del mar.

Finalmente bajamos y el grupo camina hacia varios miradores que permiten ver a distancia las lagunas que se forman en los ventisqueros o morenas glaciarias y los hielos flotantes que se originan por el calentamiento constante de la tierra. El ruido ensordecedor que producen los desprendimientos dan origen al nombre del cerro Tronador. Quienes están de paso, deben aprovechar al máximo esos momentos. Por el contrario, quienes hemos visto ese escenario muchas veces nos asombramos al confirmar que la naturaleza no es estática; sino que está en constante cambio. La inmensidad del lugar invita al silencio.

El regreso es por el mismo camino pero ahora todo es quietud en el vehículo. La euforia del viaje de ida se diluye, algunos regresan algo cansados, durmiendo. Ayelén guarda silencio en atención a sus “guiados”. 

Elegante Hotel Llao Llao

Mientras lo recorríamos, nos dejamos sorprender por la conjunción de elegancia y confort de sus salones para convenciones, sus amplios comedores y las habitaciones privadas.

Sobre la orilla del lago Nahuel Huapi, sobre una loma, el Hotel Llao Llao se muestra imponente y casi infranqueable para quienes no están alojados en sus instalaciones. En su interior se valoran su historia y la calidez de sus ambientes.

Desde el ingreso por el edificio Bustillo, todo fue brillo y ambiente refinado. En la inmensidad del salón principal nos esperaba un hogar prendido y nos dejamos hundir en sus cómodos sillones. Luego, cordialmente acompañados por gente del hotel, disfrutamos de cada una de las dependencias. Reconocimos la calidez de su decoración, tapicería y techos de grandes vigas de madera.

Pasamos por sus salones de estar y los de convenciones, en los que prevalecían los grandes ventanales, los excelentes cortinados y la madera de ciprés. La naturaleza virgen del exterior se confundía a través de los cristales con las distintas ornamentaciones del interior.

En nuestra habitación ubicada en el ala Moreno, todo estaba pensado para una estadía confortable. Al atardecer, el gimnasio nos esperaba con máquinas de última generación y compensamos el esfuerzo con una corta zambullida en la piscina. Queríamos conocer los inicios del hotel y obtuvimos algunos detalles de su historia. Supimos que durante la presidencia del Dr. Ezequiel Bustillo en Parques Nacionales se inició un cambio importante en la aldea de montaña.

Bariloche comenzaba a ser un destino turístico y se pensó en ofrecer hotelería e infraestructura de excelencia para atraer turismo del exterior. El arquitecto Alejandro Bustillo estuvo a cargo del proyecto del Hotel Llao Llao y pudo inaugurarse en el año 1938. En cuanto a su construcción, prevalecía la piedra y troncos de madera con techos de tejuela de alerce, materiales nobles de la zona. Un año después de su inauguración, un incendio destruyó totalmente el hotel y fue reinaugurado en el año 1940.

En esta ocasión, se utilizaron los materiales como lo conocemos en la actualidad: mampostería, hormigón, piedra verde y techos de teja normanda. Pero todavía le estaba reservada otra sorpresa al hotel-emblema de Bariloche. Cerrado durante 13 años a partir de 1980, mostró su triste y deteriorada fachada a quienes llegaban a sus jardines. Reabierto en 1993, ha ido incrementando la cantidad de habitaciones y clientela, 50 % nacional y otro 50 % extranjera. Hoy, el Hotel Llao Llao es un destino turístico en sí mismo. Sorprende día tras día con nuevas actividades y es conocido a nivel internacional por su Semana Musical Llao Llao. El mes de octubre se viste de corcheas, fusas y semifusas junto a los famosos atardeceres previos a las veladas musicales nocturnas. 

Uniendo historias
Luego de dar una vuelta por las dos alas, la Bustillo y la Moreno, preguntamos: “¿Qué distingue ambos edificios y qué los hace similares?”. Nos respondieron: “Los ambientes y habitaciones son distintos, tienen un estilo en común que puede definirse como un hotel de montaña, donde tradición y actualidad combinan de forma amónica”.

El ala Bustillo huele a historia sin que ello signifique “algo viejo”. Su frente permanece inalterado desde que fue construido, ya que fue nombrado Patrimonio Histórico Municipal. Interiormente, telas y mobiliario jugaban un papel fundamental en cada ambiente. Las alfombras de exquisito diseño parecían hundirse a nuestro paso y amortiguaban el sonido ambiente. Avanzamos por el largo pasillo de los locales del centro comercial y la galería de arte.

Un puente panorámico lo une al ala Moreno, el sector “joven” del hotel que guarda un refinado estilo artesanal patagónico con elementos de caza y campo. Las habitaciones son muy amplias, de acuerdo a los estándares internacionales de hotelería. A través de ventanales y galerías externas del hotel tuvimos real identificación con el paisaje. Allí los lagos Moreno y Nahuel Huapi y los cerros López, Tronador y Capilla envuelven la estadía de cada uno de los pasajeros.

El chocolate hace historia en Bariloche
“Kakawa”, “xocolatl” o “chocolate” son algunos de los términos con que se ha nombrado los granos de cacao y el chocolate. Recorrimos esa ruta de más de 2.000 años en una recopilación histórica muy amena y didáctica.


En el hall de entrada del Museo del Chocolate, un perfume conocido y profundo nos invitó a pasar. Nuestro recorrido por las salas de exposición estaría acompañado por ese aroma que penetraba más allá de nuestra nariz. Acompañados por una joven del museo, observamos maquetas, láminas y esculturas que ofrecían un atractivo material a los visitantes. Ella se ocupó de ir desgranando leyendas, historias y dichos de distintas épocas y más de una vez nos arrancó una sonrisa.

Tratamos de imaginar a los mayas y aztecas con sus rudimentarias herramientas de labranza ocupándose de las plantaciones de cacao. Sus civilizaciones originaron esa costumbre en sus dominios desde México hasta Centroamérica.

Mediante dibujos y jeroglíficos nos mostraron cómo transformaban sus semillas en bebida espirituosa. Era consumida fría mezclada con pimienta, de acuerdo al linaje. La semillas fueron utilizadas además como moneda de pago. Al llegar los conquistadores a América, la costumbre pasó a España y fueron sus reyes quienes supieron valorar las semillas de cacao recién recibidas. Con los años el chocolate se consumía con agregado de leche y azúcar y ese hábito se extendió a otros países europeos.

Nuestra guía intervino: “Europa guarda la costumbre de comer el chocolate casi puro, con un 90% de contenido de cacao, y su color es más oscuro por eso. Nuestro paladar se fue adecuando a sabores más dulces y por eso variamos entre distintas proporciones de cacao y manteca de cacao”.

Para que las semillas de cacao se conviertan en chocolate, primero se las deberá fermentar, secar y moler para luego unirlas a los otros ingredientes. Uno es la manteca de caco, que también se extrae de la baya de la planta. La manteca de cacao es la que le otorga elasticidad y la posibilidad de que el chocolate se derrita en la boca. El chocolate blanco no tiene cacao en su preparación y si es de buena calidad, será de color marfil. Si alguna vez la iglesia española criticó la costumbre de beber chocolate por considerarlo afrodisíaco y estimulante, hoy esos mismos adjetivos hacen que lo elijamos cuando deseamos entrar en calor y darle un gusto a nuestro paladar.

Antes de pasar a la zona de fabricación, nuestra guía nos contó cómo inició Fenoglio su vida dedicada enteramente al chocolate en Bariloche. 
Aldo Fenoglio y su señora llegaron a esta ciudad en 1947 desde Italia con poco equipaje, algunas recetas y cacerolas de cobre. A la par llegó Benito Secco, del mismo origen y familia. Ambos traían ansias de hacer conocer su oficio de maestro chocolatero.

El primero instaló la fábrica de chocolates Tronador, que luego pasó a llevar su apellido. El segundo se inició con Chocolates del Turista, como se lo conoce hasta ahora. El circuito de fabricación se hizo muy interesante y nos asombró ver cómo modernas máquinas convivían con otras más antiguas, todas en acción. Desde el ingreso del cacao en polvo hasta la salida como bombones, tabletas y figuras, todas nuestras dudas fueron despejadas por la guía.

Exquisiteces con apellido ilustre
Nos esperaba una sorpresa: exhibida con esmero, observamos vajilla antigua en la que se solía servir el chocolate en salones privados. También, marquillas de chocolates muy reconocidos, tanto nacionales como importados. Fue un placer reconocer las tazas en que nuestra abuela servía el chocolate y también alguna marca de chocolate que nos fuera obsequiada en una ida al cine. Placeres que dejan huella en uno.

Compartimos esta ruta del chocolate con turistas de nuestro país y extranjeros. No faltaron comentarios de cómo en cada familia se convertía la hora del chocolate en un rito. Cuando llegó el momento de la degustación, no pudimos negarnos a esa bandeja con pequeñas tabletas de chocolate amargo, con leche y blanco. Sin fijarnos qué proporciones llevaban de cada elemento, dejamos que se nos hicieran agua en la boca.

El mirador del cerro Campanario

Una visita imperdible a cualquier hora del día, ya que la naturaleza no descansa y se muestra imponente para quienes quieran disfrutar de ella.

Vestidos de amarillo y con un largo capote provisto por la empresa transportadora, veo partir al grupo de turistas que temprano en la mañana decidió disfrutar de las maravillas de este recorrido en aerosilla hasta lo alto del cerro Campanario. Algunos de ellos dudan y consultan acerca de la visibilidad en la parte alta. No preguntan demasiado acerca de esos siete minutos de recorrido muy lento a bordo de las sillas en lo que parece un túnel cuyas paredes están formadas por una arboleda densa y de gran altura. 

Deseosos de partir, pocos aprecian los carteles en la base del cerro que les indican cómo reconocer las especies nativas y las exóticas. Sólo desean llegar a lo alto y sacar todas las fotos posibles.

Ya en la boletería, tengo contacto con una cantidad incalculable de personas que utilizan este medio para realizar uno de los paseos más hermosos de la ciudad de Bariloche. Con lluvia, sol, calor o frío, el cerro Campanario brinda la posibilidad de apreciar en su magnitud el lago Nahuel Huapi, que orillea la ciudad y se extiende hacia la frontera con Chile. Nos acerca a la neuquina Villa La Angostura y es el lago de mayor superficie de la región.

Los verdes brillantes y la humedad ambiente nos quieren distraer durante el ascenso, hasta que finalmente llega el momento de prestar atención a la bajada de la silla. Varios miradores permiten una vista de 360º del lago, de la Isla Victoria y las penínsulas San Pedro y Huemul. El cordón montañoso del cerro López aparece en primer plano y pequeñas poblaciones viven entre verdes intensos y espejos de agua más chicos.

Algunos visitantes no paran de disparar sus máquinas de fotos. Otros guardan unos minutos para ir a algún rinconcito del mirador y observan a solas y en silencio tanta inmensidad. Parecen absortos ante el paisaje e intentan que sus retinas guarden lo que están viendo. Bosques de cipreses sostienen la montaña.

Como broche de oro, una excelente confitería invita a tomar algo caliente contemplando también hermosas impresiones de este fascinante lugar.

Cerro Otto en 360°

Dos formas para ascender a la confitería de la cumbre del cerro Otto pero una sola idea: dejarse llevar por sus increíbles ventanales donde el cielo está allí mismo, a centímetros de nuestra vista.

La confitería giratoria instalada en la cima del cerro Otto desde hace muchos años nos deja con la boca abierta. Mientras dábamos cuenta de una exquisita cerveza artesanal acompañada de una picada regional, descubrimos su mecanismo.

Se nos ocurrió pensar: “Estamos a bordo de una confitería”. Sí, a bordo, ¡porque la confitería andaba sola! Un original sistema permite que parte de la estructura quede fija y que el resto, donde se sientan los comensales, gire como deslizándose y sus ventanales cambien de imagen segundo a segundo. Se trata de un balcón hacia la naturaleza, donde el lago ocupa la mayor superficie visual y a su vez con suavidad lo perdemos constantemente. La rotación necesita entre 20 y 40 minutos para realizar el giro completo.

Prestando atención observamos a través de los ventanales la llegada del teleférico y el funicular casi a la par. Son la dos maneras de llegar hasta la cumbre y de poder apreciar cada detalle de ese inmenso paisaje mientras trepan sobre la ladera de la montaña. El funicular es como un vagón de tren que corre inclinado sobre la vía, todo vidriado, cuyos asientos en escalera parecen los de un cine. En lugar de película, se ve Bariloche con su lago y montañas propios.

Estábamos a 1.400 metros de altura y unas nubes densas y el viento imperante pronosticaban lluvia. El tiempo se presentaba desapacible pero adentro no se hacía sentir. Por las dudas, pedimos un postre tibio acompañado de frutos rojos, como para no sentir frío. ¡La excusa perfecta!. Obviamente, las mejores vistas se tenían desde las mesas cercanas a las ventanas, que son muchas. Igualmente, los enormes ventanales vidriados permiten que el entorno se vea muy bien desde todos lados.

Cuando finalizamos nuestro refrigerio, visitamos la galería de arte que funciona en el subsuelo. Nos recibió una enorme réplica de la escultura del David de Miguel Ángel y nos percatamos de que era un homenaje a este artista italiano del siglo XVI. Tres de sus obras están reconstruidas en polvo de mármol y resina acrílica a escala natural y se complementan con algunos dibujos realizados por el artista antes de esculpir en mármol de Carrara tanto el David, como el Moisés y la Piedad, las tres obras que se exhiben. Pero eso no era todo. Todavía nos faltaba la vista desde el exterior. Varias terrazas y algunos miradores completan los alrededores de la confitería y, a pesar del viento, dimos la vuelta de 360° para no perdernos nada.

Si el clima nos hubiera acompañado, hubiéramos podido participar de dos de las actividades programadas por el complejo. Una, caminar por la montaña acompañados de un guía y otra, dejar que nuestros chicos se entretuvieran en un juego con un inflable que se desliza por una pista artificial de esquí.

Paseo entre arrayanes por la península Quetrihué
Una cómoda pasarela nos conduce a un paseo distinto, en el que los cinco sentidos se disponen para no perderse nada.


Hasta ese día, el bosque de arrayanes de la Península de Quetrihué era sólo un misterio que algún día conoceríamos y disfrutaríamos, algo así como una materia pendiente. Por eso, estar esperando en Puerto Pañuelo para iniciar el paseo soñado nos despertaba fascinación.

Puerto Pañuelo era el lugar emblemático para dar comienzo a la navegación a bordo del más moderno catamarán que surca las aguas del lago Nahuel Huapí: el Cau Cau, que en idioma mapuche significa "gaviota grande" o "cocinera". Blanco, con una línea armónica y motores potentes que lo asemejan a un transatlántico, increíblemente, esta embarcación atraca con la suavidad de una moto de agua.

Deslizándonos por las aguas frías
Ya en medio del lago, todo es placer y la inmensidad del paisaje toma presencia. Mientras navegamos, casi no percibimos que estamos cambiando de provincia: el lago Nahuel Huapi es compartido por las provincias de Río Negro al sur y de Neuquén al norte.


Mientras la navegación continúa, divisamos algunas islas menores y lentamente nos acercamos al destino elegido. Es tiempo de saber que ingresaremos en el Parque Nacional Arrayanes, por lo que nuestras ansias comienzan a prepararse para el asombro. 

El ingreso al bosque de arrayanes nos impacta por distintos motivos: por el color canela, casi rojizo intenso, por el porte de los ejemplares que vemos al llegar y, finalmente, por esa sombra y humedad que brinda el entorno. Todo es orden: pasarelas impecables de muy fácil acceso con escalones para salvar las diferentes alturas nos llevan a través de este bosque de más de 250 años de antigüedad. 

Los arrayanes son una especie arbórea de la familia de las mirtáceas que necesita la cercanía del agua para desarrollarse y vivir. Aquí se da ese factor. Su corteza es fría y se descascara con facilidad, y la naturaleza se encarga de volverla a vestir en forma continuada. Sus flores se parecen a las del azahar. Sentimos necesidad de acariciarlos y con algo de recelo acercamos nuestra mano a una de ellos: nos devuelven una suavidad similar a la de la piel humana.

En treinta minutos recorremos los 800 metros de pasarelas y miradores disfrutando de aquellos rincones donde el sol hizo grandes esfuerzos para ingresar en la compacta red de ramas y hojas entrelazadas.

Isla Victoria y Bosque de Arrayanes

Iniciamos nuestro recorrido desde Puerto Pañuelo, lugar enclavado en la península de Llao-Llao al que se puede acceder con vehículo propio por la avenida Ezequiel Bustillo, mediante la línea de ómnibus que efectúa el recorrido cada media hora desde la ciudad de San Carlos de Bariloche o con distintas agencias de viajes.

La duración del recorrido en lancha hacia la isla es de aproximadamente 30 minutos y hasta llegar a Puerto Anchorena recorrimos 11 kilómetros de impactantes bellezas naturales. Navegando por el lago Nahuel Huapi, observamos el color de sus aguas, el verde de la vegetación de sus costas y los picos nevados de las montañas que sobresalen en el horizonte, paisaje que fue transformándose con el transcurso de millones de años por diversos procesos geológicos. Ya en la isla, atrapados por una belleza natural increíble, comenzamos el recorrido. 

Este lugar fue habitado hace miles de años por aborígenes que dejaron evidencias de su presencia y pudimos comprobarlo en las cuevas y pinturas rupestres existentes en la isla. También observamos las diferentes especies de flora y fauna caminando por los senderos que nos condujeron al encuentro de gigantes sequoias, tuyas, eucaliptos, pinos y robles junto a cipreses, cohíues y ñires que en su follaje esconden seguramente al pudú o ciervo enano, jabalíes, ciervos colorados, faisanes y diversidad de pájaros. En lo alto de la fronda, percibimos el vuelo de un cormorán imperial.

Playa del Toro, Puerto Gross, Radal y Piedras Blancas son lugares para visitar en esta gran isla de 3.710 hectáreas, que tiene un largo máximo de 20 kilómetros y un ancho de 4, y está dividida en tres sectores, de los cuales el único habilitado al turismo es el central. Los demás son áreas intangibles.

Desde la Isla Victoria continuamos navegando aproximadamente 30 minutos hasta arribar a Puerto Quetrihué, situado al sur de la península de igual nombre. Encontramos aquí un bosque denso y casi puro de arrayanes, el cual da nombre a este sector.

Este árbol resulta inconfundible por su corteza de color canela y muy lisa, la cual al desprenderse deja manchas claras y rojizas que dan al bosque un color absolutamente único. Hacia el final del verano, los arrayanes se cubren de flores blancas que en otoño darán un fruto negro brillante. En este espacio tenemos un ambiente ideal para el desarrollo de este árbol, que necesita mucha agua. Se destacan ejemplares de 15 metros de altura, con algunos individuos que llegan a tener entre 500 y 650 años de edad.